La princesa cautiva
Ella era una joven pura, su mirada, pura dulzura, era fruto de la ternura, propia de su edad. Creció protegida, cuidada, acogida, amada, alabada, en su vítrea guarida. Siguió creciendo, de esta guisa, llena de risa, con dulce brisa, en su pétrea bastida. Hasta que un día, llegó la flor de la edad, cesó la suave brisa, se acabó la risa, vino la parca verdad, y cayó su pétrea bastida. Los muros que le guardaban, mudaron en dura prisión, sus paredes de cristal, en lacerantes cristales, y la música de su voz, en débil murmullo. Empero, ella resistía, porque, sin saberlo, sin verlo, ni quererlo, nunca se había ido, jamás había huido, ni se había rendido. Ella se llama Alma, habita en frágil castillo, mora en invisible cepillo, y habla con muda voz.